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Pintoresco
puerto de pescadores, formado en su mayor parte por casas
de madera; tiene un hermoso malecón a lo largo del
estero, desde donde se puede admirar la belleza de la vegetación.
Aquí principia el estero que corre paralelo a la costa,
hacia el oriente, hasta el puerto de El Cuyo. En el lugar
se pueden disfrutar excelentes platillos a base de pescados
y mariscos, con especialidades a base de pulpo (en el verano).
11 km al oeste de Río Lagartos por la carretera núm.
295, desviación a la derecha en el km 2. A pesar de
la intensa explotación, el mar es generoso; en cuanto
inicia la veda de langosta, por ejemplo, entra la captura
de pulpo. Por otro lado, la pesca de escama se practica todo
el año. La gente de San Felipe es cálida y amable,
como toda la de la península. Construyen sus casas
con maderas de bojóm, chacté, zapote, jabín,
etcétera, pintadas de vistosos colores.
Hace
unos 20 años, las casas se hacían con madera
de cedro y caoba, embellecidas sólo con barniz que
resaltaba la hermosa veta. Lamentablemente, de estas construcciones
quedan muy pocos vestigios, pues el huracán Gilberto
que azotó San Felipe el 14 de septiembre de 1988, literalmente
barrió con el puerto. El valor y la determinación
de sus pobladores hizo que San Felipe renaciera. Actualmente,
la vida en San Felipe discurre con tranquilidad. Los jóvenes
se reúnen a tomar nieve en el malecón después
de la misa del domingo, mientras que los mayores se sientan
a charlar y mirar a los pocos turistas que visitan el lugar.
Esta
tranquilidad, sin embargo, se convierte en jolgorio al llegar
las fiestas patronales en honor a San Felipe de Jesús
y a Santo Domingo, del 1 al 5 de febrero, y del 1 al 8 de
agosto, respectivamente. La fiesta inicia con la alborada
o vaquería, que es un baile con banda en el palacio
municipal; las mujeres asisten con sus ternos de mestiza,
ricamente bordados y las acompañan los hombres vistiendo
pantalón y guayabera blanca. En esta ocasión
se corona a la joven que será por ocho días
la reina de la fiesta. Los días siguientes se organizan
los gremios, después de una misa en honor del santo
patrono, y con banda salen en procesión por las calles
del pueblo, desde la iglesia hasta la casa de uno de los participantes.
Entonces se departe, se come y se bebe cerveza. Los gremios
participan en el siguiente orden: alborada, niños y
niñas, señoras y señoritas, pescadores
y, al final, ganaderos. Debido a que se ubica en un estero
delimitado por islas de manglar, San Felipe no tiene propiamente
playa; sin embargo, la salida al mar Caribe es rápida
y fácil.
En
el muelle hay lanchas con motor destinadas a los visitantes,
que en menos de cinco minutos atraviesan los mil 800 metros
de ría que se abre al mar turquesa, a sus blancas arenas
y a su belleza sin fin. Es la hora de disfrutar del sol y
del agua. La lancha nos acerca al mayor de una serie de islotes,
cuya arena es blanca y suave, fina como talco. Un corto paseo
por la orilla nos lleva a las lagunas entre isla e isla, medio
ocultas por la vegetación. En este sitio como en todos
los demás sitios de la Reserva podrá admirar
una bandada de flamencos de cerca volando, planean suavemente
y se posan graznando en un revuelo de plumas rosadas, picos
curvos y largas patas sobre las quietas aguas. Visitar San
Felipe es un regalo para la vista, saturarse del aire limpio,
del silencio y de las aguas transparentes; deleitarse el gusto
con langosta, caracol, pulpo. Dejarse acariciar por el intenso
sol y sentirse bienvenido por su gente. Todos los visitantes
regresan a casa renovados y satisfechos después de
haber estado en un sitio así, en contacto con este
mundo prácticamente virgen.
El sol, la arena y el mar esperan, como cada año, la
visita de cientos de temporadistas que buscan en los puertos
progreseños diversión, tranquilidad y sano esparcimiento.
Uno de los principales sitios de reunión de niños,
jóvenes y adultos que vienen a vacacionar es la avenida
del Malecón, que en esta temporada ofrece variadas
formas de entretenimiento acuático.
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